Tengo Tantas Razones Para Creer En Tí…

que no me alcanzaría toda esta vida para decírtelas.

Después de estos meses agitados has estado en boca de todos; en quienes desean mantener su posición de privilegio ignorando la miseria de tu gente, y también en aquellos que pretenden imponer sus ideas con discursos incendiarios, desconociendo la incipiente democracia que tantos años y sangre te ha costado conseguir. Dicen que te has partido, que eres norte o sur, azul o amarillo, izquierda o derecha, proclaman que en tu seno medra la traición y la mentira, dicen que entre tus hijos debemos asumirnos como enemigos irreconciliables, quieren alentarnos a la lucha fratricida cuando en realidad perseguimos todos por igual un destino común y luminoso. Yo sé que no eres propiedad de un hombre, o de dos, eres fruto de una causa compartida que inició hace casi doscientos años, un doloroso caminar que transitamos entre senderos espinosos e inflamados, siempre sonrientes a pesar de las heridas. Así seguimos a los verdaderos caudillos, los que te hicieron, los que sacrificaron su bienestar para construir tu futuro, porque ellos podían ver más allá del breve transcurso de sus vidas, y desearon para las generaciones venideras un lugar que ellos mismos jamás habrían de disfrutar.

Ahora, un hombre dice conocerte tan bien que hasta habla en tu nombre, pero sus palabras son venenosas, llenas de odio, cargadas de intransigencia y resentimiento… Ésas palabras no pueden ser tuyas, porque cuando he escuchado tu verdadera voz, has hablado de sumar y no de dividir, de edificar y no de destruir, de proponer y no de descalificar, de conciliar y no de pelear, has hablado pues, de amor. Por eso creo que lo que este hombre dice no lo dices tú, porque eres una mixtura de ideas, un tapiz multicolor donde cabe el azul, el amarillo, y todos los colores, porque no eres un botín que sacie la sed de poder sino el manantial de donde bebemos todos, porque no está en tu naturaleza el someterte al capricho de una sola y ambiciosa voluntad. Tu verdadera voz semeja la del Cenzontle, es millones de voces a la vez, es fuerte y clara ¿cómo es que un hombre dice no haberla oído? ¿cómo es capaz de desconocerla? ese hombre entonces no te conoce, o está sordo, o loco, o todo a la vez. Si te conociera, sabría que la esperanza de un pueblo no se gana con arengas, podría distinguir que una multitud no representa la voluntad de todo un país, que la desigualdad social y la pobreza no son escalones para llegar a un trono, que el insulto voraz nunca será una forma de conseguir simpatías, sabría que no se puede jugar con la deseperación de los menesterosos para impulsarlos a la violencia. Ese hombre reta, confronta, habla de revolución, pero revolución es una palabra demasiado grande para ser usada por una sola persona.

Hay otros que te han lastimado, con una reiteración casi malvada, los criminales que nos envenenan fabricando y vendiendo drogas, los cínicos que anteponen sus intereses al de sus gobernados, los que te usan para enriquecerse, los cobardes que asesinan y privan de la libertad a las personas, los violadores, los corruptos, los que reniegan de sus raíces, los que quieren venderte. Una y otra vez te han herido, pero tus cicatrices siempre desaparecen, siempre olvidas y perdonas, siempre ofreces una nueva oportunidad. Habrá que entender de qué se compone tu sustancia; tienes los ojos verdes como los tiene el jaguar, hueles a la brisa matutina de un pueblito blanco con calles empedradas, tu piel es como ónix y jade, te sostiene el milenario orgullo que maravilla en la Pirámide del Sol, es tuya la liviandad de la risa de una muchacha, sabes a guitarras y jaranas, a mar, a dunas y selvas. ¿De qué entonces está hecho tu corazón? ¿qué motor hace mover tu sangre?

Donde quiera que miro te reconozco, te reconozco desde mi niñez, cuando te ví a través de los ojos de Don José, el carretonero que martes, jueves y sábado recogió la basura de mi casa durante veinte años, siempre sonriente y de verbo amable, con su sombrero de palma ennegrecido por el hollín, a quien mi madre le tejió cada invierno una bufanda nueva que combinara con sus guantes de carnaza, ese señor curtido que a regañadientes aceptaba que le “picháramos” una ida al médico cuando enfermaba de tos, y que lloró desconsolado cuando tuvo que jubilarse, porque amaba su trabajo como si fuera el mejor del mundo. Estabas también en los estudiantes que vivían frente a la casa de mi abuela, en su cordial paciencia cuando accedían a cantarme con una guitarra desvencijada las canciones de Crí-Crí. Te conocí en Juan y José, mis amigos policías que patrullaban la cuadra sin más armas que sus manos y que fueron los héroes de mi infancia. Me hablaste a través del “Hondias”, un indigente que al sorprenderme jugando con una pistola de plástico me explicó que los valientes no usan armas porque sólo provocan dolor y muerte. Imposible no distinguirte en mi tía Tere, que trabajó de sol a sol casi cuarenta años en la Secretaría de Hacienda, y siempre llegaba contenta silbando una canción de Agustín Lara. O en mi madre, que tras enviudar a sus 31 años no aceptó ni lástimas ni dádivas de nadie y se dedicó (hasta la fecha) a trabajar para pagarme la universidad. O en mi abuelo Eusebio, que fue boticario, refresquero, perfumista, campesino, candidato a presidente municipal, repartidor de hielos, chofer, y vendedor de estambres “El Gato”, mi abuelo que a todo mundo quería menos a las moscas, los agentes de tránsito y los borrachos, y que murió irónicamente en un accidente automovilístico provocado por un ebrio. Todos ellos, y los que me falta mencionar, toda esa buena gente conforma tu corazón, tu sangre, y tu alma; son ellos y no dos políticos, los que te habrán de conducir, y legarán a las generaciones venideras la fortaleza y el amor que te sostienen, porque de hoy en adelante, para tí todo es futuro.

Los que vinieron de Aztlán encontraron la señal: un Águila Real devorando una serpiente. Te llamaron México -Ombligo de la Luna– y tu historia dió principio; mucho tiempo después, en el siglo XXI, tengo tantas razones para creer en tí que no me alcanzaría toda esta vida para decírtelas, pero seguro ya sabes cuánto te quiero. Feliz Cumpleaños, Patria.

Haz click en los vínculos que aparecen abajo para escuchar tres canciones del cantautor Fernando Delgadillo, dedicadas a México.

1.- Ay Amor

2.- Hoy hace un buen día

3.- Primera Estrella de la tarde

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