Salif Keita: Porque La Música No Distingue Colores Ni Culturas

En 1949 algo extraordinario sucedió en África, concretamente en Djoliba, una ciudad de Mali. Ahí vió la luz el que sería el tercero de trece hermanos, y descendiente por línea directa del rey guerrero Sundiata Keita, quien fundó el imperio de Mali en el siglo XIII. El futuro de ese niño parecía colmado de las bondades de su linaje real, pero nació albino, condición que es considerada como de mala suerte, una especie de maldición en la cultura africana, así que desde ese momento fue repudiado por su familia y despojado de los privilegios de su noble cuna. Le pusieron por nombre Salif, luego le condenaron al silencio y la humillación, creció apartado de la gente que invariablemente lo hacía objeto de burlas crueles; su mismo padre evitó hablarle durante años. Salif entonces encontró refugio en la literatura y el estudio, así supo que la música era considerada una actividad destinada a las castas más bajas, a la gente como él. Se maravilló al escuchar las canciones de los Griots, artistas que viajaban de pueblo en pueblo contando antiguas historias, gestas gloriosas y epopeyas heróicas que se habían transmitido de generación en generación desde tiempos inmemoriales. Fueron estos juglares africanos, quienes influyeron de manera decisiva para que Salif Keita encontrara en la música el sentido de su existencia. Sin embargo, la afición de Keita por el arte sólo consiguió acentuar el rechazo general, pues ahora sus padres le acusaban de transgredir las tradiciones y mancillar el honor de sus ancestros. A finales de los 60’s Salif decidió huír a Bamako, la capital del país, donde fundó con otros músicos un grupo llamado “The Rail Band” (La Banda del Ferrocarril) que tuvo un éxito modesto presentándose en el hotel De La Gare. Tiempo después, se unió a Les Ambassadeurs una agrupación de música bailable conducida por Kante Manfila, durante ese periodo Salif forjó el que sería su estilo incionfundible y ecléctico, ya que tuvo la oportunidad de interpretar jazz, blues, rock, música popular francesa, y piezas afro-cubanas; también tuvo su primer contacto con instrumentos europeos como el piano, el saxofón, la guitarra, los teclados electrónicos y otros, que definitivamente enriquecieron su concepto musical ampliando el horizonte sonoro de su creación artística.

A mediados de los años setentas, la crisis política en Mali obligó a Salif a abandonar el país y trasladarse a Abidján, la capital de Costa de Marfil, el grupo musical lo siguió y decidieron cambiar el nombre de la banda por el de Les Ambassadeurs Internationales, poco tiempo después grabaron el elepé Mandjou que resultó ser todo un éxito en ventas, y logró que el mundo se fijara en ese pequeño grupo de exiliados malienses comandados por un negro albino.

Salif Keita y su grupo consiguieron el 1980 la gran oportunidad de grabar un par de discos en Nueva York, el resultado de su trabajo fueron los álbumes Primpin y Toukan, que tuvieron tanto o más éxito que su ópera prima. En 1984 Las ganacias obtenidas permitieron a Salif hacer realidad su anhelo de viajar a París, ahí se sumergió en el movimiento africano Burgeoning de Francia compartiendo el escenario con estrellas como Mory Kante, Papa Wemba y Manu Dibango. Tres años después Keita graba en París Soro, disco considerado como una obra maestra, completamente cantado en lengua malinke y que a pesar de ello le significó el reconocimiento internacional como solista, al grado de que fue invitado a Inglaterra para presentarse en la celebración del cumpleaños 70 de Nelson Mandela.

A Soro le siguieron otras joyas musicales como Ko-Yan (1988), Amen (1991), Folon (1995), Sosie (1997), y Coward Father (1999); su fama y éxito internacionales, le permitieron a Keita volver a Mali y fundar un estudio de grabación en Bamako donde se comenzó a producirle a promesas de la música africana como Fantani Touré. También abrió el club Moffou con el objetivo de promover la música africana en occidente.

El regreso a Mali fue para Keita como una redención, un sueño que muchas veces creyó imposible materializar, ahí, en su patria grabó el año pasado el álbum M’Bemba (literalmente significa ancestro), un homenaje a sus antepasados y su familia, a sus raíces, a la misma tradición que con su repudio paradójicamente logró el surgimiento de uno de los mejores músicos que ha dado el continente negro. Este disco es sin duda el mejor que ha hecho Salif Keita, su voz fluye con una profundidad estremecedora entre la mixtura precisa de instrumentos electrónicos, acústicos occidentales, y tradicionales africanos; los matices que le imprime generan paisajes melódicos de increíble pureza, capaces de conmover al oyente aún si éste desconoce por completo el idioma. Las piezas de Keita son una evocación de la larga y rica tradición musical africana, con la frescura que les aporta la inclusión de armonías claramente modernas y vanguardistas. A principios de este año, Salif Keita visitó México para ofrecer un par de presentaciones que confirmaron la categoría universal de su obra, el público se le entregó como raras veces ocurre; casi al final del concierto, Salif interpretó Yomore acompañado sólamente con su guitarra acústica y la catarsis fue total, un pedazo de alma africana fue trasplantado en el corazón de los miles de mexicanos que acudieron al Zócalo para escucharle.

Hoy, Keita es reconocido en Mali , ha vuelto a su país para abogar por la paz y luchar contra el racismo, es un hombre cuya generosidad le ha llevado a esforzarse en construír los puentes nuevos entre África y el resto del mundo. Está trabajando para contribuír de manera tangible el destino de su país, en sus propias palabras – Para animar a los emigrantes que vuelvan, y protejan y promuevan a artistas locales trabajando hacia la emancipación de la música africana-. Es decir Keita espera que la música africana de hoy se pueda concebir en África y no en Europa o América como actualmente sucede. Mirando hacia atrás en la vida de Keita, no es ninguna sorpresa su visión siempre llena de esperanza para el futuro. La niñéz de Keita estuvo llena de luchas, pero él ha conseguido y hecho tánto, como aquellos que lo ridiculizaron y marginaron jamás habrían podido imaginar. Cargado de energía por el optimismo que su propia vida ha creado dentro de él, Keita es emisario de un mensaje de esperanza con su música, con sus acciones, y con sus palabras.

-La felicidad no es para mañana- dice Keita, -No es hipotético; aquí y ahora comienza (el futuro), la naturaleza nos ha dado cosas extraordinarias, Aprovechemos las maravillas de este continente- y enfatiza – tener una actitud amorosa y sensata, digna de nuestra inteligencia, a nuestra propia manera, en nuestro propio ritmo, es como los hombres podemos demostrar que nos sentimos orgullosos de nuestra herencia- .

-Construyamos el país de nuestros niños, cultivemos en ellos y en nosotros mismos la compasión, África es también la alegría de vivir, del optimismo, de la belleza, de la elegancia, de la tolerancia, de la poesía, de la suavidad, del sol y de la naturaleza; hagamos felices a nuestros hijos, y luchemos por construír nuestra propia felicidad-

Salif Keita transformó una vida destinada a ser miserable en una explosiva alegría de vivir, cambió el repudio por aplausos, se hizo un hombre agradecido con quienes le condenaron en lugar de albergar resentimientos, trocó la alcurnia heredada de su sangre noble que le fue negada para convertirse en rey por su propio mérito, rey en un arte que jamás ha condicionado colores, idiomas, razas, o culturas, que no se delimita por países o regiones… Que Dios salve a Salif Keita, Rey de la música africana.

Haz click en el reproductor para disfrutar el video de Yomore de Salif Keita.

 

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