Arquitectura: Del Dibujo a la Piedra

La arquitectura es comúnmente definida como “el arte de proyectar y construir en el espacio”, que no deja de ser una apreciación muy limitada, considerando la manifiesta complejidad de esta multidisciplina, que ha debido evolucionar de acuerdo a las necesidades biológicas y estéticas del hombre. Aunque no es sencillo establecer con certeza la primera aparición de la arquitectura como tal, podemos asumir que el homo sapiens en su etapa primigenia, pasó de ser un animal arborícola para buscar el refugio que ofrecían las cavernas, y de esa manera pudo involucrarse con un espacio topológico formado estructuralmente de una manera natural, es posible que entonces la especie humana hubiera comenzado a relacionar las formas estructurales que permitían que una oquedad en la roca presentara claros de gran dimensión, y que este hecho permitiera cierta protección contra los depredadores y fuerzas de la naturaleza. La imitación de estas formaciones naturales llevó finalmente a la conformación de la primera estructura artificial: el dintel, construido por dos elementos verticales que sostienen en sus extremos a un tercero horizontal, lo que conocemos también como pórtico simple. Aquí es importante mencionar que las primeras edificaciones creadas por el hombre en los albores de la edad del hielo, están estrechamente relacionadas con el culto a los dioses que generalmente eran los fenómenos naturales que parecían inexplicables. Esto es ya un indicio de la función subjetiva de la arquitectura, es obvia la presencia de un motor fundamental que transgrede en ocasiones la lógica y la técnica, pero que siempre se basa en ellas para lograr objetivos concretos. Existe una razonable tendencia a creer que una gran parte de los elementos vestigiales de estructuras hechas en la edad de piedra tienen un motivo religioso, aunque en ciertos casos no se descarta una función social o incluso científica como en el caso de Stonehenge. El hecho es que de alguna manera la necesidad creativa y la conceptualización abstracta aparecen siempre como precursores de la ejecución física. Los elementos constructivos que inicialmente derivaron de procesos de asimilación y adecuación para solventar una necesidad espiritual, se ven aplicados en un contexto urbano en la antigua Ur, que a la fecha se considera la primera ciudad moderna, porque a diferencia de otros asentamientos humanos construidos en base a materiales caducos como las aldeas palapíticas de las zonas lacustres, Ur fue erigida con amplios espacios abiertos como plazas y centros de reunión social y, por supuesto, se emplearon materiales como la piedra y el adobe. Entonces estamos hablando de la primera traza urbana, y ello implica un cambio sustancial, porque ahora existe una integración entre la función subjetiva y objetiva de un planteamiento que tiene características arquitectónicas. El hombre ha dado el gran paso de ser un animal que debe adaptarse a las condiciones geográficas de su devenir, se ha transformado en un adecuador capaz de modificar profundamente su hábitat; esta cualidad es la que justamente le ha colocado en la cúspide de la selección natural, lo que era una incipiente creatividad, aloja ahora un sinfín de procesos de pensamiento organizado que ha generado el aumento de las necesidades de la especie, que con mucho rebasan las referentes a la alimentación y la descendencia. El fraccionarse en razas y ámbitos culturales, provoca la creación multidiversa, un avance paralelo que se manifiesta sin embrago en formas disímiles. La arquitectura siempre tiene un lugar privilegiado, pero ahora posee más herramientas para volverse tangible; la construcción y los procesos y técnicas, necesariamente parten de un concepto preliminar, son el producto de una abstracción que funciona a partir del estímulo creativo. No hay acuerdo sobre si la arquitectura debe considerarse como tal, desde el momento en que es concebida y representada en el papel, o existe hasta que es ejecutada espacialmente. Análogamente con la música, que inicialmente está contenida en signos gráficos, pero no es perceptible en su magnitud si no se manifiesta acústicamente, la música es dueña del tiempo y la arquitectura del espacio. Entre el proyecto y la obra ubicamos la construcción, un sistema de procesos básicos que conservan su eficacia tras cuarenta y cinco mil años de experiencia práctica; su desarrollo provee a la forma arquitectónica de un poder de expresión prácticamente ilimitado. Técnicamente, en la actualidad el desarrollo científico de los materiales constructivos alcanza la calidad absoluta, tanto en tiempo de ejecución como en ventajas estructurales, lo que confiere comúnmente un valor dual a los elementos constructivos, ya que pueden hacer las veces de elementos arquitectónicos, tal como sucediera en las culturas antiguas, donde una columna además de ser un centro de carga, podía presentar una elaboración exquisita. Arquitectura y construcción entonces son inseparables, incluso su interacción puede confundirse con facilidad, por ello debe ser claro distinguirlas como origen y medio, aunque no siempre haya sido así. Tomando como ejemplo la frialdad de Le Corbusier con su Funcionalismo, encontramos que a principios del siglo pasado y con el avance acelerado de la tecnología se hizo a un lado el aspecto creativo para encontrar una justificación en lo viable que en teoría resultaba el ordenamiento de espacios de acuerdo a métodos preestablecidos; el tiempo haría declinar esta tendencia, porque si la casa fuera una “máquina para vivir” simplemente se estaría menospreciando la capacidad humana de interpretar al mundo en formas elevadas de arte, que siempre fueron defendidas arguyendo que se trataba del bastión del alma humana cuya expresión más pura fluye del pensamiento. En la antigüedad la arquitectura también fue considerada un arte, actualmente no toda manifestación arquitectónica constituye una creación artística; no toda la arquitectura llega a ser construida, y no todo lo construido es arquitectura, pero la interacción se mantiene vigente. De esa forma, redundamos obligadamente asumiendo que la arquitectura propiamente surge de una abstracción, derivada a su vez de un concepto formulado en base a elementos funcionales y estéticos que son representados en la forma de proyecto por medios gráficos, y que el objetivo final es llevar a cabo su ejecución por medios físicos y mecánicos; es por esa causa que en la elaboración de un proyecto arquitectónico se conjuntan también los elementos técnicos que permitan llevar a cabo, de la manera más adecuada, la ejecución de la obra. En este punto el proyecto se convierte en obra, la construcción y los procesos implícitos en ella tienen como tarea dar forma real a los preceptos del proceso arquitectónico: forma, textura, volumen, simetría, armonía, color. De lo acertado de la construcción dependerá en gran medida el efecto final de la obra arquitectónica. Entonces, la construcción representa la vía única para generar un espacio por medios artificiales, a partir de una vertiente arquitectónica; para que esto sea posible es necesaria una ordenación sistemática de los elementos y procesos contenidos en la construcción. Invariablemente, se debe tener un conocimiento de las ventajas que estos procesos conlleven, para elegir aquellos que sean óptimos de acuerdo al planteamiento del proyecto. Es importante recordar que en la actualidad se cuenta con una variada gama de materiales y sistemas constructivos, y que éstos son resultado de las necesidades modernas de una sociedad que poco a poco ha conseguido uniformizar su concepción del mundo, de una conciencia fragmentaria a otra global. Significa pues que la aplicación actual de los procesos constructivos es similar en México o en Zimbabwe, y el impacto que tienen éstos es de la misma magnitud que el de las computadoras, por ejemplo. Si damos a los procesos constructivos su justo valor, podemos afirmar que nunca antes la arquitectura tuvo a su alcance semejantes posibilidades técnicas para concebir y hacer realidad cualquier cosa.
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